Bolivia #2 - Tupiza y las primeras impresiones de Bolivia

Cambié todos los pesos argentinos que tenía, ya que no los iba a necesitar por un buen tiempo, y a cambio recibí mis primeros bolivianos. Comí un silpancho (algo así como una milanesa acompañada de arroz, papa y huevo frito) y me dirigí a comprar el boleto hacia Tupiza, la primera ciudad que recorrería en Bolivia.

El colectivo decía que salía a las 12, un horario que, como descubriría más adelante, rara vez se iba a cumplir a lo largo del país. Las terminales bolivianas serían algo que terminaría padeciendo durante buena parte de mi estadía: buses que esperaban a llenarse para salir, otros que partían tarde y algunos que avanzaban a paso de hombre mientras alguien gritaba el destino por la ventanilla buscando sumar algún pasajero más.

En teoría, el trayecto hasta Tupiza duraba unas dos horas. En la práctica, el bus terminó saliendo a las 14 y llegamos cerca de las 19, cuando ya empezaba a atardecer. Cinco horas después y todavía sin hostel.

Al menos, el camino me permitió empezar a descubrir la geografía del sur de Bolivia. Montañas, quebradas y formaciones rojizas moldeadas por la erosión acompañaban buena parte del recorrido. El paisaje me resultaba familiar: por momentos parecía una continuación del noroeste argentino, especialmente de algunas zonas de Jujuy.

Al llegar tan tarde, prácticamente no pude recorrer la ciudad. Mi primera misión fue encontrar la Plaza Independencia, donde me habían recomendado un lugar para dormir. Fue entonces cuando vi por primera vez los mototaxis. Había de todos los colores y, sin pensarlo demasiado, me subí a uno.

Salimos rumbo al centro a toda velocidad. El conductor iba a todo lo que daba y yo sentía que me había metido en una carrera de los Autos Locos. Otros mototaxis aparecían y desaparecían a nuestro alrededor, algunos más rápidos, otros más lentos, mientras atravesábamos las calles de Tupiza.

En medio de aquella particular “carrera”, pasamos frente al cartel que me daba la bienvenida a la ciudad: Tupiza, “Joya Bella de Bolivia”.

Por fin encontré un hostel y llegué vivo, por suerte, después de aquella carrera en uno de esos locotaxis de tres ruedas. Dejé mis cosas y salí a caminar por las callecitas de Tupiza, ese pequeño oasis escondido entre las quebradas.

Y si algo le faltaba a este comienzo, era un buen chaparrón. Apenas salí a recorrer la ciudad, empezó a llover de repente. No tenía paraguas y tampoco encontraba demasiados lugares donde resguardarme, así que terminé caminando bajo la lluvia por una ciudad que apenas empezaba a conocer.

Definitivamente, mi primer día en otro país no había arrancado de la mejor manera: buses que no cumplían horarios, cinco horas para recorrer un trayecto que debía durar dos, una carrera en mototaxi y, para terminar, un chaparrón.

Pero nada de eso importaba demasiado. Estaba feliz. Había cruzado mi primera frontera y tenía por delante un país entero por descubrir.

Compré unas cervezas Paceña y brindé por eso: por Bolivia y por el comienzo de esta gran aventura.

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