
Entrar al Cerro Rico de Potosí no era simplemente visitar una mina. Era meterse dentro de una montaña en la que todavía hoy cientos de personas trabajan buscando los mismos minerales que cambiaron la historia de esta ciudad hace casi cinco siglos.
Antes de entrar nos dieron todo el equipo: mameluco, botas, casco y una pequeña lámpara. Pero todavía faltaba algo. Paramos en el mercado de los mineros para comprar hojas de coca, cigarrillos y alcohol de caña de 96°. No eran recuerdos para llevarnos a casa: eran ofrendas.
La historia de quienes trabajan dentro del Cerro Rico viene de muy lejos. Durante la época colonial, el virrey Francisco de Toledo reorganizó la mita minera en la década de 1570, un sistema basado en una antigua forma de trabajo rotativo andino, pero transformado por los españoles en una obligación que forzaba a comunidades indígenas a enviar hombres a trabajar por turnos en Potosí. Miles fueron sometidos a jornadas extremadamente duras, expuestos a derrumbes, polvo, agotamiento y enfermedades; mientras que el procesamiento de la plata mediante amalgamación también implicaba el uso del altamente tóxico mercurio.
Siglos después, la minería continúa.
Nuestro guía lo sabía mejor que nadie: había sido minero. Había trabajado durante años dentro del Cerro Rico hasta que decidió abandonar la mina y dedicarse al turismo. Fue él quien nos condujo hasta la entrada de la cooperativa y, antes de entrar, nos explicó que nuestro recorrido sería bastante diferente al habitual: en lugar de avanzar solamente por las galerías principales, íbamos a descender cuatro niveles dentro de la montaña.
Apenas atravesamos aquella pequeña entrada de madera, todo cambió.
La luz del exterior desapareció rápidamente. Los pasillos se hicieron cada vez más estrechos, el aire más pesado y la única referencia eran las lámparas de nuestros cascos. En algunos sectores había que agacharse para avanzar; en otros aparecían las vías por donde todavía se empujaban los pesados carros cargados de mineral.
Y aquello no era una mina preparada para turistas.
Los mineros estaban trabajando mientras nosotros caminábamos por las galerías. Escuchábamos sus herramientas, nos cruzábamos con ellos y, en un momento, estuvimos muy cerca de las explosiones que realizaban para abrir nuevas zonas dentro de la roca.
Cuanto más bajábamos, más entendía que el Cerro Rico tenía sus propias reglas.
En una de las galerías apareció una figura extraña, con cuernos, ojos brillantes y un enorme miembro erecto, completamente rodeada de hojas de coca, botellas de alcohol, cigarrillos y serpentinas.
Era el Tío de la mina.
Para muchos mineros bolivianos, el Tío es el dueño y protector del mundo subterráneo. Dentro de la montaña se le pide protección frente a accidentes y derrumbes, pero también ayuda para encontrar buenas vetas de mineral. Por eso recibe aquello que también consumen los propios mineros: coca, tabaco y alcohol. En las ch’allas incluso se le enciende un cigarrillo y se derrama alcohol sobre su figura.
Su aspecto recuerda al diablo, pero su significado pertenece a una mezcla mucho más compleja de antiguas creencias andinas y elementos incorporados durante la época colonial. Bajo tierra gobierna el Tío; la tierra misma está vinculada a la Pachamama, fuente de fertilidad y de los minerales que se esconden en sus entrañas.
Y por eso hay un detalle imposible de ignorar: el enorme miembro del Tío. No está ahí por casualidad. Representa la fertilidad de la mina; según esta tradición, el Tío fecunda simbólicamente a la Pachamama para que continúe produciendo minerales. Incluso durante algunos rituales se vierte alcohol sobre su miembro como parte de esa petición de abundancia.
Seguimos descendiendo mientras nuestro guía nos contaba historias de los hombres que pasaban buena parte de sus vidas allí abajo.
Él había sido uno de ellos.
Había pasado años entrando cada día en aquella oscuridad, buscando entre toneladas de roca eso que todos entraban esperando encontrar.
Hasta que un día decidió dejar de buscarlo.
Cambió la mina por el turismo para no terminar dejando su vida dentro del Cerro Rico. Y quizás, después de tantos años buscando riqueza bajo tierra, haber conseguido salir de allí fue lo más valioso que encontró.