Bolivia #3 - De Tupiza a Potosí, vivencias en las pajareras

Estaba en la “pajarera”, como había apodado a las terminales de Bolivia. Había llegado para tomar el colectivo a Potosí.

Todas las empresas parecían competir entre sí para conseguir pasajeros. Los vendedores gritaban al mismo tiempo:

—¡ORURO, ORURO, ORURO!
—¡UYUNI, UYUNI, UYUNI!
—¡POTOSÍ, POTOSÍ, POTOSÍ!

Un caos de voces, bolsos y gente entrando y saliendo.

Mi primera impresión fue encontrarme con bolivianos muy tímidos y reservados. Apenas se les escuchaba la voz cuando intentaba hacerles alguna consulta, si es que lograba que me respondieran. Ya me habían advertido que las terminales eran un caos: cholitas sentadas en el piso junto a sus enormes bolsones, vendedores ofreciendo pasajes a los gritos y horarios que parecían cambiar según el día.

Mientras esperaba la salida del colectivo vi dos escenas que me quedaron grabadas. Un hombre terminó de leer el diario, lo dejó caer al piso y siguió caminando. Poco después, una mujer juntó la comida que había quedado de ella y de su hija y, sin darle demasiadas vueltas, la arrojó por la ventanilla.

Ahí entendí que todavía me quedaban muchas cosas por ver.

Y no tardaría en comprobarlo.

En el camino de Tupiza a Potosí, cada vez que el colectivo se detenía en medio de la nada, algunos pasajeros bajaban y se alejaban unos metros de la ruta para hacer sus necesidades. Hombres y mujeres encontraban en cualquier recodo su baño improvisado.

Después de aquello, descubrí que en Bolivia la montaña, el desierto y la banquina podían ser el baño de cualquiera.

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