
Para llegar al Ojo del Inca salí desde el mercado de Chuquimia en un trufi, una de esas minivans donde cada asiento parece poder recibir a una persona más. Viajábamos apretados, mezclados entre pasajeros, bolsos y conversaciones sobre de dónde venía, hasta dejar atrás Potosí y acercarnos a aquella laguna termal perdida entre las montañas.
El Ojo del Inca es una terma natural de aguas calientes asociada a antiguas leyendas andinas. La tradición oral cuenta que el emperador inca Huayna Cápac (y otros líderes de la realeza) visitaba este lugar para tomar baños termales y purificar su espíritu.
Cuando llegamos, el lugar parecía completamente tranquilo. Me saqué la ropa dispuesto a meterme y vi una soga que atravesaba toda la laguna, pero no le di demasiada importancia, yo quería meterme como lo había hecho el emperador Inca aunque la historia sea real o no.
Estaba a punto de entrar cuando veo a dos personas venir corriendo, gritándome desde lejos.
Cuando llegaron me dijeron: “Estas loco? No ves los carteles?”. Me explicaron que la zona estaba clausurada y estaba totalmente prohibido bañarse por orden judicial. Les pedí disculpas y les conté que había visto fotos recientes de gente dentro del agua. Entonces me dijeron que hacia un mes cambió completamente el panorama.. un turista peruano había desaparecido en la laguna, aparentemente arrastrado hacia el fondo y ya eran 4 víctimas en el año.
Las ganas de nadar se terminaron ahí mismo pero pedí si me dejaban quedarme un rato.. Me conformé con sentarme en la orilla y meter solamente los pies en aquella agua calentita, mirando ahora con bastante más respeto a lo que otros lo llaman el Ojo del diablo.
Después preparamos algo para almorzar y emprendimos el regreso en otro trufi. Pero la aventura todavía no había terminado.
A los pocos kilómetros, se pinchó una rueda.
Intentamos ayudar, pero no hubo manera de resolverlo, así que terminamos esperando al costado del camino hasta que apareciera otro vehículo.
Y fue justamente durante esa espera cuando pasó una familia caminando por la ruta.
Una escena simple, cotidiana, de esas que normalmente duran apenas unos segundos.
Pero esta vez quedó guardada para siempre en mi cámara.