
Llegué a Uyuni solo y sin tener demasiada idea de qué tour elegir. La ciudad está llena de agencias, así que después de comparar algunas opciones terminé subiéndose a un Toyota Land Cruiser junto a tres chilenos, una pareja formada por una brasilera y un belga, el conductor y yo.
Éramos completos desconocidos.
Tres días después, terminaríamos siendo amigos.
En estos tours no suele haber un guía tradicional. El conductor hace un poco de todo: maneja durante horas, prepara la comida y, entre parada y parada, va contando historias y explicando lo que aparece en el camino.
Antes de entrar al salar hicimos la primera parada en el Cementerio de Trenes de Uyuni. Allí quedaron abandonadas antiguas locomotoras y vagones que alguna vez formaron parte de la red ferroviaria utilizada para transportar minerales hacia los puertos del Pacífico. Con el declive de la actividad minera, muchos de aquellos trenes quedaron varados en las afueras de la ciudad, oxidándose lentamente en medio del altiplano.
Y después de eso, finalmente apareció frente a nosotros el Salar de Uyuni.
Había viajado en marzo, en plena época de lluvias, cuando una fina capa de agua puede cubrir la superficie y producir el famoso efecto espejo.
Al comienzo del recorrido aparecieron los llamados ojos del salar, pequeñas aberturas donde el agua subterránea emerge entre las capas de sal. Más adelante paramos en la Plaza de las Banderas, donde viajeros de distintas partes del mundo fueron dejando las banderas de sus países como recuerdo de su paso por aquel lugar.
Y después ya no hubo casi nada.
Solo kilómetros y kilómetros de blanco.
El Salar de Uyuni ocupa alrededor de 10.500 km², una extensión tan enorme que por momentos desaparece cualquier referencia de distancia. El cielo y el suelo parecían confundirse y la sensación era la de avanzar por un paisaje que no terminaba nunca.
Esa noche dormimos en La Ñusta, un alojamiento de sal en la comunidad de Aguaquiza. Sin internet, con lo justo y necesario y rodeados por el silencio del altiplano, nos fuimos a dormir temprano.
Porque al día siguiente había que levantarse a las 4:30 de la mañana.
Todavía era completamente de noche cuando volvimos a subir a la 4×4. Hacía un frío tremendo y, entre la altura y el viento, ya no tenía mucha más ropa que ponerme encima.
Llegamos al medio del salar y esperamos.
Todos en silencio.
Los colores comenzaron a cambiar muy rápido. Primero los tonos oscuros, después el violeta, el rojo y finalmente un naranja cada vez más intenso que avisaba que faltaba muy poco.
Hasta que apareció.
Inti, el dios Sol para los pueblos andinos, comenzó a levantarse sobre el horizonte.
Durante muchos años fue el amanecer más impresionante que había visto en mi vida.
Mis compañeros de viaje y yo nos abrazamos. Algunas personas empezaron a llorar. No había demasiado que decir.. simplemente estábamos ahí, en medio del salar, viendo cómo el sol aparecía frente a nosotros.
Con una fina capa de agua cubriendo el salar, el horizonte prácticamente había desaparecido.
Después me subí al techo de la Land Cruiser.
Arriba estaba el cielo.
Abajo también.
Y durante unos minutos tuve frente a mí aquel espejo de 360 grados.