
Desde las cabras inquietas de Etiopía hasta el Eje cafetero colombiano. La historia del café es un viaje a través de culturas, prohibiciones y rutas comerciales.
La palabra café nace del árabe qahwa, que significaba «vigorizante». Los turcos la adoptaron como kahve, los italianos la transformaron en caffè y así llegó a casi todos los idiomas del mundo. En Etiopía, tierra que muchos consideran la cuna del café, la planta siempre fue llamada buna, un nombre que sobrevive hasta hoy en la cultura local.
La historia más popular sobre el origen del café involucra a un pastor etíope llamado Kaldi, quien notó que sus cabras se ponían inusualmente energéticas después de comer unos frutos rojos de cierto arbusto. Curioso, los probó él mismo y experimentó esa misma vitalidad. Llevó los frutos a un monasterio cercano, donde los monjes intentaron cocinarlos en agua… con resultados poco felices para el paladar. Fue al tostarlos que descubrieron aquel aroma irresistible, y al molerlos y prepararlos como infusión, nació una costumbre que ya no los abandonaría.
Algunas tribus africanas molían los granos y los mezclaban con grasa animal para formar bolitas energéticas.
Luego, cruzó el Mar Rojo hacia Yemen, llevado probablemente por prisioneros de guerra, y encontró tierra fértil.
En el mundo musulmán, donde el Corán prohíbe el alcohol, el café se convirtió en la bebida social por excelencia.
Para el siglo XII ya se cultivaba en la península arábiga, y en el XV su consumo se había popularizado desde Yemen hasta el corazón del Medio Oriente.
Gabriel Mathieu de Clieu partió de Francia hacia Martinica en 1720 con una sola planta de café, resguardada en una caja de cristal.
El viaje fue épico: ataques de piratas, tormentas, un motín a bordo.
Se dice que De Clieu llegó a racionar su propia ración de agua para mantener viva la planta. Esa única planta llegó a tierra, dio su primera cosecha en 1726, y de ella descienden prácticamente todos los cafetales de América Latina. Para el siglo XIX, el café había transformado la economía de países como Brasil, Colombia y Guatemala para siempre.
Hacia fines del siglo XIX, las montañas andinas de Santander, Caldas y Quindío se convirtieron en el escenario de una transformación silenciosa pero profunda. Familias enteras de colonos (muchos de ellos antioqueños que bajaban por las laderas con machete y semilla en mano) fueron desmontando selva para plantar cafetos en suelos volcánicos que resultaron ser, casi por accidente, ideales para el cultivo.
La altitud, la temperatura estable y las lluvias repartidas a lo largo del año crearon las condiciones perfectas para un grano de calidad excepcional. Lo que empezó como una apuesta agrícola regional se fue convirtiendo, grano a grano y cosecha a cosecha, en la columna vertebral de la economía colombiana.
El café del Eje Cafetero no solo llenó las arcas del país (financió ferrocarriles, escuelas y ciudades enteras) sino que moldeó una identidad cultural tan fuerte que hoy, más de un siglo después, sus paisajes de guaduales y fincas coloridas son Patrimonio de la Humanidad.