
Gwendolyn Margaret Lizarraga, MBE (11 de julio de 1901 – 9 de junio de 1975), conocida como Madam Liz, fue una empresaria, activista por los derechos de las mujeres y política beliceña. En 1961, se convirtió en la primera mujer elegida para la Asamblea Legislativa de Honduras Británica (actual Belice) y en la primera mujer en ocupar un cargo ministerial en el país.
Nació en Maskall Village, Honduras Británica. Fue hija de Sidney Smith y Guadalupe Baeza. Recibió educación primaria en varias instituciones locales y en 1926 se casó con el fotógrafo Víctor Manuel Lizárraga, con quien tuvo cinco hijos.
Como empresaria, dirigió con éxito una granja de chicle y caoba, destacándose por desafiar las normas sociales de su época y por promover la igualdad salarial entre hombres y mujeres. Participó activamente en el surgimiento del movimiento sindical y en la defensa de los derechos laborales femeninos.
Desde la década de 1950 impulsó la organización política de las mujeres en todo el país. En 1959 fundó el Grupo de Mujeres Unidas, con más de 900 integrantes, y promovió el acceso de las mujeres a la propiedad de la tierra y a la educación.
En 1961 fue elegida representante por la división de Pickstock y nombrada Ministra de Educación, Vivienda y Servicios Sociales. Fue reelegida en 1965 y 1969. Durante su gestión impulsó proyectos de vivienda social y políticas educativas.
Falleció el 9 de junio de 1975 en la ciudad de Belice. Su legado perdura en instituciones educativas, calles, premios y homenajes que llevan su nombre, y en su papel pionero en la participación política femenina en Belice.
Fue elegida por primera vez en 1961, cuando por primera vez se permitió que las mujeres se postularan en Honduras Británica.
En las elecciones generales de 1965 volvió a ganar su escaño, representando la división de Pickstock.
Por eso aparece en la foto de la Cámara de Representantes de 1965 como miembro electo y en funciones.
Tras esas elecciones, continuó como Ministra de Educación, Vivienda y Servicios Sociales.
Le decían Madam. No porque fuera señora, ni esposa, ni dama de salón.
Le decían Madam porque no sabían cómo llamar a una mujer que mandaba en los campamentos de chicle y madera, allí donde el mapa de Belice todavía era selva y olvido.
En un país que todavía se llamaba Honduras Británica, donde las órdenes llegaban por barco y las decisiones tenían acento extranjero, una mujer caminaba los pasillos del poder como si no pidiera permiso. Gwendolyn Lizarraga no pedía espacio: lo creaba. Su autoridad no era un grito, era la fuerza de quien sabe que la libertad empieza por tener un lugar donde caerse muerta.
Madam Liz entró a la política cuando la política no esperaba mujeres.
Y menos mujeres que organizaran a otras para exigir tierras. Ella sabía que en aquel entonces, sin propiedad no había voto; por eso, se encargó de que las mujeres tuvieran su propio suelo antes de pedirles su voz.
No era abogada de tribunales, era la arquitecta de un derecho que todavía no se escribía.
Por eso le decían Madam. Porque señorita le quedaba chico. Porque diputada todavía no existía para ellas. Porque no encajaba en los moldes de la colonia.
Madam escribía el país mientras otros lo soñaban. Sabía que la independencia no se proclamaba solamente en plazas: se construía en las escuelas que fundó, en los reglamentos que discutió y en los libros donde, por primera vez, aparecía la palabra Belice con orgullo propio.
Cuando fue elegida Ministra, no fue un símbolo de decoración. Fue una ruptura. Fue la primera mujer sentada a la mesa donde se decidía el destino de un pueblo que estaba aprendiendo a decir “nosotros”.
Detrás de ella, el camino quedó marcado. Por ahí caminó Minita Gordon, que llevó la corona de Gobernadora con la dignidad de quien viene del servicio y la educación. Si Madam había abierto la puerta a empujones, Minita se aseguró de que la puerta nunca más se cerrara.
Décadas después, cuando Froyla Tzalam juró su cargo, nadie tuvo que explicar qué hacía una mujer indígena liderando la nación. El país ya lo había aprendido de la mano de Gwendolyn.
Madam Liz no gobernó sola: despertó a un ejército de mujeres que entendieron que la patria también tenía nombre femenino.
Y por eso, cuando la historia intenta nombrarla, a veces no encuentra la palabra exacta entre los títulos oficiales.
Entonces, con respeto y memoria, simplemente dice:
Madam.