El surgimiento de la Bossa Nova

Hay ciudades que tienen banda sonora. París suena a acordeón con el bal musette, Nueva Orleans a jazz de madrugada, Buenos Aires a bandoneón. Río de Janeiro, en cambio, suena a algo que no termina de definirse con una sola palabra: suena a bossa nova. A algo suave, casi susurrado, que llega como brisa desde el mar.

La primera vez que escuché «Garota de Ipanema» en serio (no de fondo en un café, sino sentada frente al océano en el barrio que le dio nombre) entendí que ese sonido no es un género más. Es una manera de estar en el mundo.

 


 
Los años que lo cambiaron todo

Cómo nació una revolución musical en un departamento de Copacabana

Corría 1958 cuando João Gilberto entró a un estudio de Río y grabó «Chega de Saudade». Lo que salió de esas sesiones no era samba, aunque tenía su sangre. Tampoco era jazz, aunque bebía de él. Era algo nuevo: una guitarra que marcaba el tiempo suave, una voz que casi hablaba en lugar de cantar y una armonía que tomaba préstamos del jazz moderno americano.

La bossa nova fue la primera música brasileña que se atrevió a susurrar decia Ruy Castro que era el biógrafo de João Gilberto.

El movimiento reunió a figuras que ya eran leyenda o estaban a punto de serlo. Antonio Carlos Jobim, Tom Jobim para los amigos, ponía las melodías y las armonías. Vinicius de Moraes, poeta y diplomático, ponía las letras. João Gilberto ponía el ritmo y la voz. Juntos inventaron un idioma.

Fecha clave:
El 21 de noviembre de 1962, el Carnegie Hall de Nueva York fue el escenario de un concierto histórico de bossa nova que presentó el género al mundo. Jobim, João Gilberto y otros artistas tocaron ante un público que no sabía bien qué esperar, y quedó transformado.
 

El alma del género

Saudade: la palabra que no se puede traducir

Si hay un concepto que atraviesa la bossa nova de principio a fin, es la saudade. Los brasileños la definen como una nostalgia de algo que quizás nunca existió, una añoranza dulce y melancólica al mismo tiempo. No es tristeza exactamente. Tampoco felicidad. Es ese estado intermedio que se parece mucho a mirar el mar.

Lo curioso es que la bossa nova (que nació en los barrios más elegantes de Río, entre jóvenes de clase media que escuchaban jazz y tomaban café) eligió la levedad como forma de expresar esa melancolía. En lugar de gritar la saudade, la susurró. En lugar de dramatizarla, la convirtió en una melodía que podías tararear mientras caminas por la orilla.

 


Más allá de Brasil

Cómo el mundo se enamoró de una guitarra y un susurro

La influencia de la bossa nova salió de Brasil con una velocidad asombrosa. A principios de los ’60, músicos de jazz como Stan Getz y Charlie Byrd grabaron versiones que cruzaron el Atlántico y volvieron transformadas. «The Girl from Ipanema» (con la voz de Astrud Gilberto) se convirtió en una de las canciones más escuchadas y famosas del Bossa Nova.

Pero hay algo en la bossa nova que siempre resiste la exportación completa. Podés escucharla en cualquier parte del mundo, pero el original (la experiencia de oírla en Río, con el calor pegajoso de enero, el olor al mar mezclado con café y la voz de alguien que canta como si no hubiera nadie mirando) eso no viaja.

Y quizás por eso sigue siendo motivo de viaje.

 


Para llevar en el equipaje

Tres discos

Si vas a Río (o si simplemente querés entender de qué hablo), empezá por Chega de Saudade de João Gilberto (1959), Wave de Tom Jobim (1967) y Elis & Tom (1974). Son tres momentos distintos del mismo universo.

Y si podés, tomá un café en Ipanema al atardecer. Mirá el mar. Preguntate qué sentís. Probablemente no tengas una palabra en tu idioma para nombrarlo. Los brasileños sí la tienen.

Se llama saudade.

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