El aroma de Xtabay (Leyenda Maya)

Dicen que en Yucatán, en la selva maya, el amor no siempre pide permiso.
A veces nace torcido, a veces nace libre. Y casi siempre paga un precio.

Xkeban amaba.
Amaba con el cuerpo, con las manos, con la voz.
Amaba sin preguntar si estaba bien o mal.
Curaba a los enfermos, daba abrigo a los perros flacos, escuchaba a los que nadie quería escuchar, sin hacerlo público, sin buscar prestigio.

Por vivir fuera de las normas de su tiempo, el pueblo la llamó pecadora, porque confundió amor con pecado y deseo con culpa.

Utz-Colel era correcta.

Cumplía las normas, tenía buena reputación.
Tan correcta que nunca se permitió amar.
Guardó su belleza como se guarda una joya: cerrada, limpia, fría.

El pueblo la llamó buena, porque confundió silencio con virtud y dureza con pureza.

Cuando Xkeban murió, la selva se acercó.
Los animales velaron su cuerpo
y el aire, agradecido, se llenó de perfume.

No fueron los jueces ni los decentes los que la enterraron,
fueron los que habían sido tocados por su amor.

De su tumba brotó una flor dulce y aromática (la xtabentún),
una flor que embriaga,
como embriaga un beso dado sin miedo.

La llamaron Xtabay,
porque el amor deja huella incluso después de la muerte.

Utz-Colel murió poco después. Todo el pueblo fue a ver a la intachable.
Pero su cuerpo, tan puro, tan intacto, olía a vacío.

De su tumba nació un cactus hermoso y sin aroma:
espinas perfectas, corazón seco.

El pueblo creyó haber elegido bien.
Honró a la correcta.
Enterró a la intachable.

Pero la selva no se equivoca.

Porque la virtud sin amor no deja huella,
y la pureza sin compasión no engendra memoria.

Utz-Colel se fue como había vivido:
entera, rígida,
sin haber tocado a nadie.

Xkeban, en cambio,
había sembrado afecto,
había dejado marcas invisibles
en los cuerpos y en la tierra.

Y lo que deja huella, vuelve.

El rencor quiso volver.

Pero no volvió Utz-Colel.

Volvió Xkeban, transformada en Xtabay.

Desde entonces, la Xtabay aparece bajo las ceibas,
con el cabello largo y la voz suave.

No busca a cualquiera.

Busca a los hombres que confunden deseo con derecho,
a los que quieren poseer sin amar.

La Xtabay no mata por amor.
Mata por memoria.

Porque recuerda que el amor verdadero
no fue el que el pueblo bendijo,
sino el que se dio sin pedir permiso.

Y todavía hoy, cuando la selva huele a flores dulces,
dicen que no es peligro lo que flota en el aire,
sino una advertencia:

el amor sin alma se marchita,
pero el amor vivido con verdad
nunca muere.

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